Imagino a Aquiles, el de los pies ligeros,
sentado en un bar de mi barrio, anciano.
Lo imagino canoso, con varias arrugas en la cara
(no tengo en claro si los cuasi-inmortales envejecen).
Veo, en mi imaginación, a Aquiles tomando una cerveza
charlando con Odiseo.
En la misma mesa están Eneas y Héctor
que ya no son enemigos y el tiempo,
que todo vuelve trivial,
ha borrado malestares; enconos o rencor están olvidados.
Recuerdan los recuerdos de sus recuerdos,
inventan historias tan perfectas
que terminan también rememorando.
Odiseo inventa una anécdota con caballos de madera,
exageran la belleza de Helena
y todos acuerdan al insultar a Agamenón y Menelao.
La segunda cerveza los vuelve melancólicos,
se emocionan y miran para abajo
(ninguno quiere mostrar ojos vidriados)
al recordar el valor de Patroclo.
Los cuatro acuerdan cuando hablan de Príamo,
dicen era “un señor rey”, con respeto.
Héctor lo recuerda con triste sonrisa de hijo,
Eneas y Odiseo con nostalgia
y Aquiles, cosa rara,
lo recuerda como el padre que no tuvo,
como el rey que hubiese querido servir.
Se acaba el maní en la mesa,
piden más y vuelven a hablar de mujeres,
caballos, barcos, dioses y arena.
Héctor comenta que el otro día encontró,
de casualidad, a Briseida en el mercado.
La describe gorda, canosa, ya entrada en años,
orgullosa abuela de seis nietos.
Aquiles sonríe,
y su mente remonta tres mil años,
por un segundo se pregunta
si con ella igual estaría,
como ahora, tres veces divorciado.
Mencionan a Casandra,
con batón y ruleros
siempre sentada tras la ventana,
se ha convertido en la chusma del barrio,
contando todo lo que pasa
aunque nadie le crea demasiado.
Luego, ya entrada la noche,
café de por medio,
hablan de sus hijos, de sus nietos.
Una hija de Eneas con un varón de Aquiles
se ha casado.
Salen del bar alegres,
nadie quiere subir al auto de Odiseo,
tiene fama de perderse
en los laberintos de Buenos Aires
(dicen que tarda como diez años en volver a su casa).
Van en busca de sus hogares, de sus mujeres.
Son amigos,
no comparten nación ni han pasado la niñez juntos,
pero tienen mucho en común.
Comparten una forma igual de ver la vida,
le dan importancia a lo mismo,
se emocionan y enojan con las mismas cosas.
No comparten la tribu ni la tierra,
comparten el alma.
Entendieron, ya ancianos, que la verdadera nación son valores,
cultura, forma de afrontar el destino
y no un simple pedazo de tierra compartida
con gente bruta y vengativa
que los llevó a una guerra
...y que, tal vez, merecían haberse ignorado.
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