072. RECETA PARA UN DESAMOR


Destrozaré tus insultos
y los dejaré macerar toda la noche.
Lentamente le agregaré tus desplantes
y tus mentiras evidentes,
cambiándole los líquidos
de tu estupidez cada tres horas.
En una olla pondré
los momentos amargos,
las discusiones eternas,
las melancólicas tardes
donde todo era apatía
y lo cocinaré a fuego lento
hasta que rompa el hervor.
En ese instante
apagaré el fuego de tu odio
y lo dejaré reposar.
En un recipiente tapado,
asegurándome que nada se escape,
pondré tus comentarios mordaces,
la agresividad de tus sarcasmos,
las alusiones satíricas
y tus enojos mal disimulados.
Revolveré todo por varios minutos
y lo dejare en reducción
hasta que se consuma en su caldo.

En agua tibia
(o tal vez use la
del recipiente tapado)
mezclaré tu casi inexistente
sentido del humor
junto con la levadura
de tu ira matinal.
Picaré y aplastaré
con un tenedor
los malos momentos
que me has dejado.

Mezclaré todo
dejando que la mezcla fermente
durante diez minutos.
Cuando quede esponjoso,
formaré bollos que rociaré
con tus maldiciones
y los agravios varios que te he escuchado.
En una sartén,
verteré abundante aceite
de tus comentarios venenosos
dejando que se caliente.
Pondré entonces los bollos,
que son el resultado 
de lo que me has dejado,
y esperaré que se doren, bien dorados.

Los sacaré
sobre servilletas de papel,
para secar todo resto de tus infamias.

Y lo serviré en mi plato.

Con un vino tinto avinagrado,
maridaje apropiado,
me comeré cada una de tus afrentas
digiriendo todo nuestro pasado.

Y con el postre y el coñac,
presumo que te habré olvidado.

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