061. EL ARRIESGADO VUELO DE UN CORAZÓN


Mi corazón vuela,
como algunos otros corazones que conozco, no todos.
Yo le abro la ventana
y se aleja,
no sé muy bien cómo,
si olfatea, si tiene sensores escondidos
o una oculta mirada.
Pero, cada tanto baja hacia la tierra
a señalarme lo que ha podido encontrar.

A veces solo revolotea sobre alguna mujer,
cual luciérnaga encandilada por la farola
y yo sé,
a esta altura yo ya sé,
que puedo, si quiero, si tengo ganas,

 acercarme, conocerla
tratarla, buscarla, encantarla
y, si algo sale mal,
dejarnos mutuamente
sin mayores lamentaciones.

Otras veces mi corazón se lanza en picada,
deja el vuelo parsimonioso,
y late fuertemente,
y yo sé,
a esta altura yo ya sé,
que es algo de cuidado,
que no solo puedo, 

en ese caso debo,
aproximarme, entenderla,
frecuentarla, indagarla, cautivarla
pero, si algo sale mal,
alguno de los dos
saldrá inevitablemente herido,
habrá cicatrices,
y el tiempo tendrá que pasar
para que todo vuelva a ser normal.

Muy pocas veces,
casi nunca,
mi corazón cae a los pies de una mujer como vos,
y se detiene
(en el sentido que frena su vuelo),
y se detiene
(en el sentido que deja de latir)
y yo sé,
a esta altura yo ya sé,
que ambos, mi corazón y yo,
sentiremos que nos empezamos a morir,
que no solo puedo,

que imperativamente debo,
estoy obligado, condenado,
a arrimarme, escucharla,
escrutarla, seducirla,
lograr estar con ella,
pero, si algo sale mal,
estaremos muertos,
largo rato,
infinito tiempo.

Ella y nosotros,
mi corazón y yo.
Si eso pasa,
durante eternidades enteras
mi corazón no querrá volver a volar,
abriré la ventana y
le mostraré los pájaros,
vendrán otros corazones amigos a invitarlo,
y él se quedará muy quieto,
tímidamente,
en un rinconcito de mi pecho,
apenas latiendo,
sin alas
y sin sueños.

Todos los días,
mi corazón vuela,
enérgico,
contento,
a la luz del sol
o en medio de la lluvia,
con granizo
o con tormenta,
y espera,
poder descubrir a una mujer como vos,
de esas que lo incite
a tirarse a sus pies,
a detener su vuelo,
a detener su latido,
aún con el riesgo de esa muerte.

Porque la posibilidad cierta,

de encontrarte,
de quedar partido por ese rayo de amor,
fue la única razón,
la única causa real,
por la que mi corazón
decidió aprender a volar.


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"Susurrando gritos desesperados" - ® Daniel Eduardo Alonso (Diciembre-2014)